¿Crímenes? ¿Por qué crímenes?

¿No habéis reparado en lo poco que se espera que hagamos en el mundo actual? Es como si la gente aspirara a decírtelo todo en todas las situaciones, qué debes hacer, qué debes sentir, qué debes pensar... en definitiva, a destruir tus propias decisiones, emociones y pensamientos. Cualquier acto de protección de éstos, por inofensiva que sea, parece un crimen imperdonable, y así es como yo, tú, y otros seres curiosos y despiertos, nos volvemos delincuentes.

lunes, 12 de marzo de 2012

Éranse dos locos en un manicomio...


PRIMERA ESCENA

(Se ve un recinto casi totalmente cuadrado, salvo por una hendidura rectangular en la pared del fondo. En dicho hueco se sitúa una puerta metálica, con un poco de aire de presidio, al igual que de, hecho, todo el lugar. La habitación está oscura, iluminada únicamente por una pequeña lámpara situada en el techo, que arroja una luz blanquecina que no llega ni a iluminar debidamente las paredes y la puerta, si bien el centro del escenario es bastante visible. Hay una multitud de locos, la mayoría de ellos en las zonas más oscuras. Más cerca de la luz hay un par de locas invitando a la multitud a ver una montaña hecha a partir de una amalgama irreconocible de porquería y mugre. Todos los dementes que están a oscuras miran dicha escena, desde uno u otro lugar. Sólo dos no le prestan atención. LA DEMENTE mira de un lado a otro de la escena sin parar la vista en alguna parte. Su ropa, como la de todos los otros estaba sucia y consistía en un pantalón blanco que le quedaba ligeramente ancho, y un camisón blanco, también un poco ancho. Tras posar la mirada de un lado a otro de la estancia, observó al otro que no parecía interesado en el espectáculo de las locas. EL DEMENTE tenía un aspecto tímido, y tenía la ropa un poco más limpia. Miraba sus manos como si estuviera examinando algo que nunca hubiera visto antes. LA DEMENTE decide, finalmente, acercarse para hablarle.)

LA DEMENTE: —Hola. ¿Cómo te llamas?

EL DEMENTE:(Se vuelve sin mostrar demasiada sorpresa. Tras uno o dos segundos, habla.) Mi canción favorita de Michael Jackson es “Billy Jeans”.

LA DEMENTE:(No termina de entender. Al poco, reacciona.) Entonces, ¿Michael o Billy? (EL DEMENTE no contesta.) Bah, olvídalo. Yo soy Geraldine.

EL DEMENTE: —El gato come bonito. Su nombre es Big.

LA DEMENTE: — <<Bonito nombre>>. (Para sí.) A este le han encerrado por lo raro que habla.

EL DEMENTE: (Como si le hubiera leído el pensamiento a su manera, muy contento) ¡Entonces sí quieres casarte conmigo! Llamaré a un cura.

LA DEMENTE: — <>. Yo porque un día decidí ver qué pasaba si durante una semana salía a la calle disfrazada de centurión, y ya ves que pasó.

EL DEMENTE: (En actitud seria y comprensiva). Ves ya. Bogavantes a mitad de precio es poco precio y mucha cosa para alimentar al pollino.

LA DEMENTE: —Sí, a mí también me parece que me han encerrado por poca cosa. (Con curiosidad). ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

EL DEMENTE: — 17 de octubre de 2007. La bolsa sube un 2,53%.

LA DEMENTE: —Yo acabo de llegar. ¿A qué te dedicabas?

EL DEMENTE: — Un buen día, el enanito feliz salió a hacer su trabajo de periodista, siendo accidentalmente pisado y espachurrado por Spiderman.

LA DEMENTE: — Pues entonces, igualito a mí. De hecho, lo del disfraz era una encuesta de esas tan curiosas que algunos jefes encargan.

EL DEMENTE: (Mirándola seriamente). Los cacharros rotos dan trabajo, pero son interesantes.

LA DEMENTE: — ¿Conoces a alguien aquí?

EL DEMENTE: — La araña cósmica tejió su red en un alcantarillado a la espera de que los tigres voladores acudieran. Smith Mc. Gogar se introdujo en la bañera a través del local de baile. Beppo no pudo más que reírse ente la estupidez de su acto.

LA DEMENTE: (Por una vez, realmente confundida). << ¿Qué?>>. Voy a preguntártelo de nuevo, ¿conoces a alguien aquí?

EL DEMENTE: (Muy serio, pero como embelesado). Eres... una... belleza. Cre... Creo que... me gustas.

LA DEMENTE: (Casi, casi “alucinando”). ¿¿Qué??

Fin de la escena

SEGUNDA ESCENA

(Todos los locos se han retirado a las zonas más oscuras, (y prácticamente se han vuelto invisibles). Sólo LA DEMENTE sigue junto a la pequeña bombilla. Como es obvio, es la misma habitación).

LA DEMENTE: (En general, en éste acto, mucho más desconcertada, extrañada y “desequilibrada” (entre comillas porque ya lo estaba antes)). Caray la de diálogos de besugos que se pueden llegar a escuchar en una sala de espera, o un local nocturno a la 8.00 de la mañana o sitios de esos. Charlas de lo más absurdas y surrealistas que se encuentran en todas partes. A veces ni hace falta buscarlos, como el mío, que tiene tela, tela. Respóndeme, ¿por qué te estoy hablando si sé que eres mi reflejo? ¿Por qué charlamos? (Pausa ensimismada) Pero esto es irse por las ramas, volvamos a la conversación. Como decía, mi diálogo si que fue extraño. Fui a visitar a mi amigo, donde tú ya sabes, ¡y desde luego no sabía cómo de mal estaba hasta que empezó a hablar! Dijo no se qué sobre Mickael Jackson –en paz descanse-, latas de bonito, un gato, un centurión, una boda, bogavantes, pollinos, la Bolsa, Spiderman, el jefe de alguien, arañas cósmicas, tigres voladores, y a un tal Beppo -¿Y quién puñetas será ese Beppo?- No entendí nada, pero era divertido, fijo. Debía de ser una película, pero entonces... ¿Qué pintarían el Beppo ese de las narices y Spiderman? ¿Tendría la boda que ver con Spiderman? ¿Lo perdería el superhéroe todo en la Bolsa? No puede ser. ¿Y el romano? ¿Estaría el hombre-araña viajando por el tiempo. Me da que no. Sé que piensas que debería preguntarle de qué hablo, reflejo mío, pero pensaría que soy una ignorante. ¿Y si fue algo que le sucedió la semana pasada? Lo daré por válido. Ahora me voy a tomar una galleta. (Coge algo del suelo que no se ve qué es y se lo come). ¡Puaj! Vaya asco de galleta. Sabe como a sardinas, mejor dicho, a pollino. Qué bien hubiera estado que supiese a bogavante. ¡Ey! ¿No es eso que suena “Billy Jeans”? ¿Quién la habrá puesto? No sé, a mí que lo de que la jefa se me haya pedido en matrimonio me ha dejado demasiado aturdida. Tendré que escapar. Me disfrazaré de centurión romano. Pero habría que pedir permiso a Beppo –cómo le quiero-. (Cansada). Debo descansar. Ahora no veo más que tigres voladores y arañas cósmicas. Me marean. (Entra EL LOQUERO, con traje de científico, mirada siniestra y una jeringuilla).

EL LOQUERO: (Con una sonrisa nada halagüeña, ante la luz y con una luz contrapicada) Ha llegado la hora de su dosis, señorita.

LA DEMENTE: (Asustada y perpleja). ¿Qué dosis?

Fin de la escena

ESCENA DOS Y MEDIO

(Todo exactamente igual que en la segunda escena).

LA DEMENTE: (Ya más tranquila y nada extrañada, sino en actitud de alivio y de haber solucionado un problema) Tras el pinchazo que me dio ese tipo tan raro, ya lo veo todo claro. Vivo junto a mi amigo, y ambos estamos como una cabra. Y lo mejor de todo. Resulta que el tipo ese me ha recordado quién soy: Beppo. ¿Quién si no?

lunes, 5 de marzo de 2012

Desde que la quiso.

Hoy tampoco tuvo noticias suyas, lo que, como era costumbre, le dejó una vaga sensación de desagrado y tristeza. Sabía que era lógico que pasara, dadas las circunstancias, pero eso no le quitaba echarla de menos. Y se vio en la necesidad de recordar.

No sabía a ciencia cierta cuándo empezó a convertirse en algo especial, habían estado juntos mucho tiempo, la mitad de sus vidas. Sin embargo, sí sabía de un momento que hizo que aquello cobrara vida definitivamente…

“Pronto iba a salir ante la gente, aunque no estaba nervioso, el tiempo se le hacía largo, así que decidió ir pasando el rato jugando a las cartas con unos amigos. No mucho después apareció, tomando asiento justo detrás suyo. A veces él la miraba, como intentando hablar sin que le vinieran las palabras. Estaba más crecida de lo que la recordaba, tenía el pelo de color más rubio que castaño, peinado en rizos, la tez morena, lo que cuando sonreía le hacía mucho contraste con los dientes, blancos como sacados de anuncio de dentífrico; capaz, como pudo comprobar entonces, de hacer notar su presencia donde fuese. Él empezó a dividir su atención entre la partida y el intentar vencer esa sensación como de acobardamiento, mientras ella conversaba con unos amigos.

Al rato la saludó, si bien se quedó estupefacto al darse cuenta de que lo hizo en un hilillo de voz y no consiguió decir nada más. Pero casi aún más desconcertante fue que, al cabo de un rato, ella prosiguió la conversación. Por alguna razón se sentía nervioso, y ver que los amigos con que ella había estado hablando antes cuchicheaban y se reían por lo bajo durante la conversación no le ayudaba mucho. Progresivamente dejó de atender las cartas, por lo que ella se hizo con toda su atención. Contestaba las preguntas que ella le hizo sobre su vida social y estudiantil, y él mismo le preguntaba a ella sobre la suya. Entonces fue cuando ella le lanzó aquella pregunta que cambió tanto todo aquello:

“Bueno, ¿y tú qué? ¿Tienes… novia?”

Se sintió como si algo en él se hubiera averiado y ya no funcionase correctamente. No tenía claro cuánto tiempo le había costado formular una respuesta, pero al final le empezó a hablar de su reciente historia con “ella”. No debió hacerlo muy bien, pues lo que ella contestó fue: “Pero que cerda, ¿no?” Sus siguientes intentos de explicarse mejor le dieron la impresión de que había vuelto a hacerlo mal. Mientras tanto, él empezaba a notar algo en su interior, algo de lo que hasta entonces no había estado seguro, aunque ya hubiese tenido la sensación de que así era. A medida que la conversación transcurría, empezó a entender por qué se ponía nervioso sin ningún motivo ante ella, esos ratos que se quedaba clavado mirándola por alguna razón que no se decía, aquel deseo más o menos consciente de estar con ella… no había duda. No podía ser, sino que se había enamorado de aquella chica. ¿Y ella? ¿Sentiría lo mismo? No estaba seguro, pero aquella conversación, aquellos momentos que él reparaba en que esta vez era ella la que no le quitaba ojo de encima, o incluso cuando, describiendo a “ella”, dijera casi hasta preocupada cosas como: “Claro, yo soy mucho más morena”… Parecía que ella también. Sí, tenía motivos para creer que así era.

Así fue como renacieron en él los sentimientos que tantas penas habían costado apaciguar la otra vez, con “ella”. De todos modos, primero quería preguntarle si tenía ella novio o no, quizá más para que se hiciera a la idea de que él estaba interesado en ella que por otro motivo. Sin embargo, y como ya se había dicho, algo ya no funcionaba bien en él, una parte suya se había sobrecargado, y parecía incapaz de hacerle aquella pregunta.

Fue entonces cuando dieron la señal de que debían salir. No podía mantener esta pantomima más tiempo, tenía que asegurarse, quizá así pudieran intentar quedar luego, o algo así. Pero aún habiéndose decidido se jugó una mala, ya que al intentar hablar con ella lo único que consiguió decir fue:

“¿Y tú… encontraste a alguien?”

La única respuesta que ella dio fue poner una sonrisa forzada, hacer un sonido extraño e irse hacia la gente ante la cuál tenían que salir.”

Durante los próximos días le asaltaron las dudas, y se asentó en su interior una sorda inquietud. ¿Qué debía creer? ¿Seguía ella interesada en él? ¿Podía haberlo estropeado todo? ¿Cómo será la próxima vez que se vean? A razón de si creía haber echado a perder aquello, o de si por el contrario veía fácil superar el escollo que se había puesto, sentía como si el aire se tornaba opresivo y enrarecido o puro y liberador. Poco después volvía a experimentar aquellos períodos de ensoñación, ahora siempre con ella, a veces perturbadoras hasta el delirio, otras simplemente deliciosas. Su interior bullía como si estuviera hirviendo, y le hacía ansiar el placer de volver a verla. Cuando pensaba en el reencuentro, se sentía, una vez más dependiendo de sus impresiones del momento, rejuvenecer o envenenar.

Tantas y tan contradictorias emociones le empezaron a pasar factura. Tenía la impresión de que iba a perder la cabeza si seguía así, a pesar de lo cuál no contó nada de aquello a nadie hasta unas pocas semanas después, y no fue sino para pedir una opinión sobre si, tras haber dicho aquel fracaso, no había remedio razonable, o si (como él pensaba entonces), no era para tanto y podría reconducirse bien.

La respuesta resultó dolorosa, pero también alentadora. Se quedó con la impresión de que durante toda la charla con ella, había hecho el idiota, y que con aquel: “Y tú… ¿encontraste a alguien?” había complicado la situación hasta lo absurdo; pero también se quedó con el alivio de que era muy probable que ella siguiera, en el fondo, queriéndole, y que pronto podría enmendar el entuerto.

De todos modos, aún le quedaba más de un mes para volver a verla, así que hasta entonces tendría que ser paciente, y evitar que el fuego que crecía en su interior lo consumiese innecesariamente, para tratar de llegar al esperado reencuentro con la cabeza en orden y capaz de volver a intentarlo. No era algo tan fácil como parecía, seguía dándole vueltas a todo aquella charla ente él y ella, a menudo se sorprendía cavilando sobre cuando se volvieran a ver o acusándose (otra vez) por lo estúpido que fue entonces. De todos modos, el mes pasó entre períodos de normalidad y aquellas casuales recaídas, hasta que llegó el día en que ambos volverían a verse. Pero si algo aprendió entonces, es que las cosas nunca son tan sencillas como podía esperarse. Todo le parecía indicar que ella, hasta cierto punto, no había cambiado de parecer respecto a él. De todos modos, no se le escapaba que, por alguna razón tan antigua como incomprensible, ésta vez tendría que ser él el que diese los primeros pasos. Más aún, percibía que lo tendría más difícil de lo que se había imaginado. Ella nunca iba sola, lo que suponía un verdadero problema para intentar cualquier cosa. Sin embargo, complicaba aún más las cosas algo que no vio venir. Por alguna curiosa razón, sus encuentros cada vez eran más cortos y fortuitos, podía pasar incluso un mes sin que la viera una sola vez. Así, el intentaba continuamente ponerse en contacto con ella, a menudo sin ningún resultado. Mientras buscaba una oportunidad lo bastante buena como para intentar algo con ella, tenía que seguir tratando de refrenar sus emociones y contener la fantasía, más por su propio bien que por otra cosa. Aunque en gran medida tuvo éxito, aquella mezcla de furor y dolor siguió dejándole secuelas. Ya no se limitaba a ver el pasado y el presente de aquella historia, sino que se imaginaba cómo sería su relación con ella en el futuro. A medida que creía descubrir más cosas sobre ella, estos pensamientos aumentaban en frecuencia, a veces volviéndose una reflexión de las más recurrentes en él. Aunque invariablemente empezaba esa historia con ellos dos juntos, según su estado de ánimo ésta se venía a pique (idea alimentada por una cierta impresión de que “eran de mundos diferentes”) o conseguían mantenerla a flote por métodos que él no conseguía pensar con claridad.

Por otro lado, empezaba a guardar un rencor sordo y completamente irracional hacia cosas que no tenían nada que ver con sus “problemas” con ella. Desde las circunstancias en que la veía hasta la hermana que la acompañaba, todos “empezaban a ser culpables”, si bien este enfado iba con mucho más dirigido a él mismo por “haber desaprovechado otra oportunidad” que a cualquier otra persona o cosa.

Una cosa más le pasó a lo largo de aquel año, algo que jamás se le hubiera ocurrido que le pasaría. A pesar de seguir queriendo a ella tanto o más que durante las vacaciones, no pudo evitar sentirse atraído por otra persona. Sí, también empezó a sentirse atraído por otra, por razones que aunque creía poder explicar, no terminaba de comprender. Se empezaba a sentir como si se hubiera quedado enganchado en una telaraña de encanto y alucinación tejida sólo para él. Sin embargo, y como él siempre me recuerda, esa es una historia en sí misma, que por tanto no relataré aquí. Basta decir, que a pesar de todo él siguió queriendo a la misma ella que en las vacaciones, más que a cualquier otra, y esperaba los raros momentos en que podían hablar, aun cuando no eran ni la mitad de largos y provechosos de lo que hubiera encontrado aceptable. Al fin y al cabo, aún sintiéndose enamorado de varias, a ella la querría más, y mientras hubiese una forma de “recuperarla”, lo intentaría.”

Hoy tampoco recibió noticias suyas. Durante algo más de un año había alimentado en mente y sueños un amor que se resistía a florecer. Seguramente él tenía buena parte de la culpa, pero hasta ahora había conseguido convivir con las emociones, las oníricas visiones y todas aquellas otras cosas que surgieron durante el año. En su interior sabía que tenía que hablar con ella, a solas, sin impedimentos, y tal vez entonces llegue todo aquello a algún sitio. Sin embargo, hasta entonces, también sabía que tendría que tener paciencia. Paciencia. Paciencia, y entereza, mucha entereza, pues los siguientes encuentros que mantuviesen podrían decidir mucho. Podrían asentar el principio de algo que no tenía palabras para describir, y con lo que en el fondo llevaba tiempo soñando. Incluso si sucedía lo peor y aquello no funcionaba, todavía le quedaría el recuerdo. El recuerdo de todas las cosas que han vivido juntos, el recuerdo de aquellas veces que ella se le quedaba mirando cuando creía que él no se daba cuenta y viceversa, el recuerdo de aquellas sonrisas y de aquellos momentos que hicieron que se encendiera todo su ser.

Mucho quedaba por ver en el futuro, hasta entonces, él la esperaría, como en vacaciones. Como desde que la quiso.

Mi querida mortaja...

Seguía dando vueltas en la cama, no conseguía conciliar el sueño, pensando, otra vez, en los fatídicos hechos que habían ocurrido hace tan poco tiempo. No se podía reprochar el no haberlo superado, ni siquiera ahora le parecía posible que algo como aquello pudiera acabar así. No veía en qué podía ayudarle recordarse toda esa historia, pero contra su voluntad, mientras luchaba por dormir, las imágenes se abrían paso entre la cansada cortina de su mente.


“Había llegado donde él hace cerca de un año y medio. A decir verdad, pal principio a él no le llamaba mucho la atención. O al menos, así fue durante un tiempo, pues pronto se hizo un lugar entre todos sus compañeros. Claro que entonces sólo pensaba en ella como una compañera más, con algo especial, pero compañera normal al fin y al cabo. Tenía la impresión de que quería que ambos fueran grandes amigos, acercarse a ella y ella a él, pero como amigos. Cuán distinto había sido el resultado, el acabó enamorándose de tal forma que pensó que su interior no podría soportarlo y reventaría. Y ella…


No se permitió pensar el final de la frase. Sin embargo, el sueño reparador que él anhelaba no llegaba, y de todos modos su recuerdo seguía negándole todo respiro: De piel algo morena, con esos ojos ámbar que lo habían tenido atrapado todo este tiempo como si fuera un insecto, esa cara de ángel, que siempre había pensado que eran magia del maquillaje, el pelo largo y aparentemente desordenado, que le había visto llevar tanto rubio como negro, ese carácter suyo, tan alegre y desenfadado, pero tan impetuoso a la vez… toda la belleza de aquella persona, que en este momento sólo le servía de epitafio burlón al venenoso trago que su amor le había otorgado. Ahora volvía a recordar toda la historia, en fin, no se sentía capaz de ahorrárselo, así que se dejó ir…


“No tenía dudas. Tenía la certeza de que se había pasado la noche entera soñando con ella, de un modo u otro, pero sin duda empezaba a darse cuenta de que se le empezaba a ir la cabeza cuando pensaba en esa luz. Esta vez no quería andarse con rodeos y decidió intentar quedar con ella a hacer algo, algo que le permitiera acercarse más, algo con lo que tuviera verdaderas bazas para ganarse sus sentimientos, aunque sea poco a poco, y poder consumar todos los anhelos que se habían agitado en su interior, enterrarse en su aroma, beber de sus ardientes miradas, vivir ese amor como nunca vivió ni pudo vivir otro.

Ese mismo día, la encontró sola, por lo que se decidió a intentar mantener esa conversación que había estado planeando desde el comienzo del día. Se dio cuenta entonces, de que no le iba a resultar tan fácil. Sentía como si sus neuronas se petrificasen, las palabras huían de su boca y una insoportable sensación de ridículo se apoderaba de él. Quería huir, perderse de vista hasta poder intentarlo de nuevo, pero no le respondía el cuerpo, seguía allí, tragándose la frustración que le causaba sentirse fracasado en algo como esto, y tratando de darle coherencia a un demente intento de charla condenado al fracaso. Cuando por fin acabó aquello, no sólo se quedó con la impresión de que iba a estallar de un momento a otro, se sintió estúpido, impotente, ¿cómo no iba a poder tener una conversación con ella? ¿A qué esa ridícula indecisión? La pregunta lo torturó durante horas


No fue la última vez que le pasó. La escena se repitió durante días, quizá semanas. Él maldecía su estampa, su cobardía, incapacidad de ir directo al grano, de arriesgar, de ir en pos de su sueño, perdiendo por ello, a su parecer, toda opción ante ella. Y sin embargo, nunca conseguía reunir el aplomo suficiente para repetir más aquello, ni siquiera le parecía prudente ahora. No en un rato, hasta que se le enfriasen un poco los ánimos después de tantos fracasos vergonzosos.

Pasaron semanas. Su figura entraba de día y de noche en su mente y sus sueños, como si alardeará de su conquista, él lo había asumido, fue él el que se entregó, quizás hubiera podido intentar resistirse, llevar una vida completamente normal, aguardar y evitar perderse en ese mundo de ensueño. Pero quizá entonces ya sabía entonces que hubiera sido en vano. En su mente y sus sentimientos siempre habría un hogar para la sombra de aquella pasión andante, para esa fantasía corpórea que le hacía sentirse entero y vivo, aunque lo arrastrara inexorablemente al delirio. Lentamente, el embriagador fuego que se había encendido en lo más hondo de su ser le cauterizaba las entrañas y abrasaba hasta sus pensamientos, empujándolo a abandonar progresivamente sus reservas y recelos. Así, un buen día de primavera, decidió hacer el intento de nuevo. Volvió a perder los estribos, se sentía mareado y confuso, pero esta vez, se sentía dichoso, porque entre el torbellino en que se convirtió aquella conversación en su memoria, recordó haberla pedido quedar por ahí un día de estos, y mejor aún, recordó haberla oído aceptar, aunque la euforia que estuvo a punto de llevársele por delante no le impidió percibir lo que parecía un toque de suspicacia, y por primera vez desde que la vio, inseguridad y casi hasta miedo. No sabía cómo debía interpretar esa reacción, pero tampoco le prestó atención por mucho tiempo, el día era ahora suyo, había conseguido por fin empezar con ella, y eso era lo que importaba…

La semana pasó en segundos confusos, y estaba esperándola a la puerta del Jardín Botánico. Ella aún no había llegado, así que él decidió esperar. Podía oír sus latidos, desbocados y al acecho a la vez. ¿Qué le diría cuando se encontrasen? Debería andarse con mucho cuidado, es muy importante causar buena impresión. Miraba al cielo y le parecía que hasta el sol miraba curioso la escena. Pasaba el tiempo. Miraba nervioso de un lado a otro, se revolvía en el banco en que se había sentado, se levantaba y paseaba frenético de un lado a otro, para luego volverse a sentar. Se le estaba acabando la paciencia, ¡y aún no venía! Ya eran 15 minutos de retraso, y la cosa no parecía mejorar. Miraba constantemente el reloj y su estrés daba paso al miedo y la ira, ¡media hora ya! ¿Qué pasa con ella? Su frustración hizo mella en él, golpeaba los objetos cercanos, refunfuñaba, gruñía como un perro de caza al que hubiese golpeado un desconocido, y entonces le llegó un mensaje desde el móvil. Era de una amiga suya, y de ella. Lo cogió, tratando de sonar normal, pues creía que ella no sabía dónde estaba ni cómo estaba. Lo sabía, todo. Le llamó para decirle que dejase de esperar, que ella no vendría, porque le habían surgido incidentes, dijo. Él, en el fondo sabía que no era así. Que ella sabía lo que sentía hacia ella y no se le debió ocurrir mejor método de rechazarlo que éste. Se hundió. Todas las esperanzas, las alegrías que había puesto en este momento, se desvanecieron, reducidas a polvo y arrastradas por el fango. El sol empezaba a retirarse, sonriendo burlón ante la desolación de aquella persona. Entonces, él empezó el camino de vuelta a casa. Sólo tenía ganas ahora de llegar, desplomarse en la cama, ahogar sus lágrimas en la almohada y el sueño, y dormir como hacen los muertos, aunque sólo sea por un rato. Pero sabía que no tendría tampoco ese placer. Tendría que seguir despierto, fingir estados de ánimo que le habían vetado, y peor aún, aguantar los interrogatorios de aquellos que sí sabían lo suyo pero desconocían el final; aguantar el tener que relatarles el tormento, así como las lamentables frases, que aunque digan con la intención de consolarlo, sólo lo irritarán y le mustiarán las entrañas.”

Seguía pensando en todo aquello, en la cama, despierto, sin ganas de dormir pero tampoco de seguir despierto. La historia siguió por unos derroteros probablemente más patéticos aún. Aún tenía el posible consuelo de que podrían ser buenos compañeros, amigos quizá. Ella lo rehuía, se notaba que la incomodaba, y parecía buscar siempre el modo de desembarazarse de su presencia. Él casi nunca pareció darse cuenta de lo que estaba pasando, pues seguía intentándolo. Al fin y al cabo, él sabía que no podía prescindir de ella, significaba demasiado para él como para hacerlo. Sin embargo, visto ahora que estaba más calmado, debió dejarla ir libre de su sombra por un tiempo, que se notara que las cosas habían cambiado, medir con cuidado sus acciones en la medida de lo posible; quizás así se hubieran ahorrado ambos muchos disgustos. Pero no podía reprochárselo de verdad, la ilusión de sentirse cerca suya era una de las pocas cosas que le habían permitido recuperar su deshilachada moral. Quizá por eso se sintió morir del todo cuando finalmente ella decidió que ya estaba harta de tanta molestia. Nunca antes la había visto enfadada, y aunque tampoco era verdadera rabia lo que allí veía, él se caía a pedazos bajo su peso. No sabía decir cómo es que no se había muerto allí mismo, ante sus ojos.

Nunca el rechazo había sido tan amargo, ni tantas cosas con tanto significado para él habían sido derribadas quizá para no levantarse nunca jamás. Estaba deshecho en tiras de despojos que no tenían ni fuerza para sostenerlo, sus entrañas presa de un hierro al rojo que le helaba el interior, y el estómago entonando una letanía fúnebre que estaba tentado de ahogar en lo que fuera que pudiera tragarse, o que le permitiera por un momento estar fuera del mundo que le recordaría todo aquello, que lo sumergía en penas de hierro herméticas, que a su vez formarían un coágulo afilado en su memoria que a la mínima agitación lo desgarraría por dentro como ya había empezado a ocurrirle esta vez. Pero ni encontraría alimentos suficientes para llenar ese pozo negro que se había tornado venenoso, ni podía ahora encontrar nada que le permitiera olvidar y que él estuviera dispuesto a aceptar. No, esa sombra sería su capa y su sombrero, su ropa interior, mojada aunque seca, asándolo con su frío. La llevaría fielmente durante mucho tiempo, aguantando sus aguijones y limando sus asperezas con tiempo y cuidado, hasta que al fin, poco a poco, se vaya deshaciendo de una de esas oscuras prendas y cargas. Una tras otra, irán cayendo al suelo, hasta que un día caiga la última, haya purgado su aflicción y sea de nuevo, por fin, libre. Para entonces, quizá las cosas hayan cambiado, y pueda volver a intentar algo, con la esperanza de, esta vez, conseguir mejor resultado. Pero aunque esto le parezca deseable, incluso si no pasa, al menos ya estará en paz, por ahora se conformará con consolidar aquello que tenga y pueda conservar. Pero aún es pronto, todavía está roto, aún deberá esperar.

Sí, ya comienza a dormirse. Necesitará la paz del sueño, pues a partir de mañana, le tocará llevar a cabo grandes cambios…